Dios & Sociedad


Hace un par de semanas inicié la aventura de buscar trabajo, ya que hace pocos meses recibí mi título universitario. Creo que en estos días he vuelto a conocer mi ciudad, llevando copias de mi hoja de vida por todas partes. Hasta el momento, ninguna de las empresas o personas que han visto mis datos plasmados en papel ha mostrado una respuesta positiva. Quizás para muchos de ustedes esta situación resulta familiar. Bueno, claro que en unas pocas semanas no se encuentra un buen trabajo, ¿verdad?

 

Pero no es de mí de quien quiero hablar, sino de lo que he podido ver en esta búsqueda. He visto mucha tristeza, mucha miseria, mientras recorro las principales calles de mi ciudad. He visto muchos mendigos, muchas mujeres con niños en sus brazos pidiendo limosna en los puentes peatonales y de Transmilenio... He visto ancianos desvalidos con la mirada perdida quizás en recuerdos, he visto a quienes la sociedad llama “monstruos”, seres deformes en su piel o en sus miembros, personas que en una primera impresión producen asco. Sí, así como suena. Yo sentí eso al ver a estas personas, y desde luego, eso no me llena de orgullo. También he oído la historia de muchachos que en el transporte público van drogados, en un estado que da pena, protagonistas de escenas indignas de su condición de seres humanos.

 

Una vez que mi mamá y yo conversábamos, ella me decía que tuviera mucho cuidado por la calle, pues hay gente que finge enfermedades y dolencias para lucrarse a costa de las limosnas. Incluso ciertos “mendigos” solicitan favores a los peatones, para intoxicarlos con sustancias como la “burundanga”. Dicen que detrás de las mujeres con niños pidiendo limosna en los puentes se esconde una oscura mafia. En cierta ocasión unos jóvenes en una buseta me pidieron unos pesos “para ir hasta Fontibón”. Llevaban unos cuantos cigarros de yerba en los pulmones. Cuando les di algunas monedas, me llamaban “parce” y “bacán”; “venga esa mano mi hermano”, me decían. Cuando me bajé del bus, sentí que uno de ellos metió rápidamente su mano en el bolsillo de mi chaqueta. No encontró nada, pues iba vacío.

 

¿Qué tipo de juicios podemos nosotros hacer ante estas situaciones? ¿Cómo ir más allá del dolor y de la tristeza al ver lo que pasa en nuestra sociedad? ¿Cuándo podemos decir que el que tiende la mano hacia nosotros de verdad necesita de nuestra ayuda, o es tan sólo uno que se aprovecha de lo que queremos ser, es decir, servidores de los demás? No crean, hermanos, esta son preguntas cuyas respuestas son difíciles de hallar por nuestros propios medios. Es como pedir un milagro.

 

Detrás de un Jesús milagrero

 

No sé si en este punto doy otro rumbo a este escrito. Pero todas estas ideas llegaron a mi corazón y me impulsaron a escribirles a ustedes leyendo el Evangelio y algunas opiniones teológicas como apoyo. Concretamente, me refiero a Lucas 11, 29-32. Cuenta la Biblia: La multitud seguía juntándose alrededor de Jesús, y él comenzó a decirles: “La gente de este tiempo es malvada; pide una señal milagrosa, pero no va a dársele más señal que la de Jonás”. Aquí la idea básica es que la gente pide una señal milagrosa, un milagro, y se les dice que son malos ¿Por qué?

 

Luego de las muchas señales de poder que hizo Jesús (Lucas 7, 22), Nuestro Señor se hizo tremendamente popular entre sus compatriotas. Seguramente todos pensaban que era un profeta, el mismísimo Mesías, un gran prodigio de poder, alguien que hacía cosas maravillosas. No serían pocos los enfermos que irían detrás de él buscando esas maravillas, buscando un milagro que los curara. Ciertamente esa “multitud” juntándose alrededor del Maestro estaría conformada por muchos de esos enfermos. Y si lo buscaban, si le seguían como muchos de nosotros hacemos, ¿por qué Jesús los llamó “malos”?

 

Ciertos teólogos afirman, de acuerdo con una lectura a conciencia del mensaje de Cristo, que cuando estos enfermos estaban reclamando milagros, reclamaban milagros a título personal. Imagínense la escena más o menos así:

-         ¡Jesús, cúrame a mí, que no puedo caminar!

-         ¡No, cúrame a mí que llevo enfermo más tiempo que este de aquí! ¡Quítense ustedes y déjenme pasar!

-         ¡Tú le abriste los ojos a un tal Bartimeo allá en Jericó! ¡Haz lo mismo conmigo!

-          ¡Jesús, mira estas llagas y ten lástima!

-         ¡Oiga, señora, vaya con su lepra a otra parte, que lo mío es más importante!

-         ¡Yo seré leprosa, pero usted está que apesta con esa porquería por todo el cuerpo que ni se sabe qué es! ¡Soasquerosa!

 

Agreguen ustedes a este caldo el gratuito y mutuo recuerdo de los familiares, especialmente de las progenitoras: “váyanse usted y su mamacita la de usted”. E imagínense junto a estas personas, desde luego, a los maestros de la ley y los escribas, con ojo descreído y burlón, fijándose en lo que iba a hacer Jesús para ver de qué lo acusaban.

 

¿Cuál es el verdadero milagro?

 

Milagros a título personal. Yo vengo a lo mío, y los demás, que se vayan al cuerno todos juntos. Ahí falló la gente, que se quedó en el milagro personal y maravilloso, de esos que serían primera plana en los periódicos. Y por eso Jesús les dijo que sólo verían un milagro: el de Jonás ¡Un milagro que no iba a suceder, si nos atenemos estrictamente al texto, sino que había sucedido varios siglos atrás!

 

Pero no se crean, hermanos, que ese milagro fue el de estar encerrado tres días en el vientre de una ballena para luego ser escupido en tierra sano y salvo. No. ¿Se acuerdan que pasó después? Pues que Jonás, haciendo caso a lo que le mandó Padre Dios, se fue a Nínive y proclamó por las calles que la ciudad iba a ser destruida por sus muchos pecados. Y los ninivitas, al oír semejante noticia, cambiaron de actitud. Hicieron tal y como ordenó su rey, figura del gobernante sensato que quizás no ha tenido ninguna sociedad “civilizada”: “deje cada uno su mala conducta y la violencia que ha estado cometiendo hasta ahora” (Jonás 3,8). “Deje cada uno de ser injusto”.

 

Ese es el milagro de Jonás: una ciudad pecadora, capital del brutal imperio Asirio, se arrepintió de verdad, dejó la injusticia a un lado y aceptó ser más justa por la humildad de reconocerse pecadores. Y fueron más allá. Los poderosos no siguieron explotando a los pobres, los ricos compartieron lo que tenían con los hambrientos, las personas empezaron a buscar la paz de sus semejantes... Desde los más grandes hasta los más pequeños reconocieron sus errores con obras concretas de amor. En fin de cuentas, hicieron exactamente lo contrario que harían, siglos después, la multitud que rodeaba a Jesús. Si alguien me dice que eso no lo dice la Biblia, pues que le pida al Espíritu Santo unas gafas bien potentes para leer.

 

Lo que queda para nosotros

 

No es difícil pensar que la gente se molestó muchísimo por la respuesta tan “tonta” de Jesús. Seguro que el gremio de los que pensaban que estaba loco recibió nuevas solicitudes de admisión inamovible. Y los maestros de la ley, y los escribas, y los poderosos, se reirían mucho, meneando la cabeza con aire socarrón. “Vaya idiota”, pensarían del Señor.

 

¿Qué nos queda a nosotros, hermanos, de esta historia? Yo, en lo personal, podría decir que le pido a Dios que me dé trabajo, y quisiera colocarme en el plan de los desempleados que esperaban que el dueño de la viña los llamara a trabajar (Mateo 20, 1-16). Tengo otros problemas, como los de mis seres queridos que hago míos. Pero... ¿Qué hay de los problemas de aquellos a quienes no conozco? ¿Qué estoy haciendo “yo” para que en vez de ser “yo para yo / yo para mi círculo familiar” sea “yo para los demás”? ¿Qué estoy haciendo para que la situación de injusticia en la que vivimos cambie? ¿Por qué prefiero pedir milagros para mí y no para los demás? Y aún más, ¿por qué no hago yo milagros para los demás? ¿Qué tal si empezamos a mirar los problemas no como casos individuales totalmente, sino como signos de problemas a escala social, en el ámbito de comunidad, de pueblo de Dios, es decir, de todos nosotros sin excepción y sin distinciones?

 

Para terminar... ¿Saben? En mis recorridos por la ciudad he visto también cosas hermosas. Como el sol que en lo alto besa con colores el cielo al esconderse por el occidente. He visto niños, muchos niños. Algunos me regalan su mirada y alabo al Señor porque en ellos hay un tesoro misterioso y bello. He visto madres, padres, abuelos, cumpliendo su papel en la vida a cabalidad. Entre ellos, he visto a los míos. He visto con los ojos que me regaló el Señor a mis seres amados, quienes me animan a seguir adelante. He cantado y he oído cantar a muchos la alabanza al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Y también he visto gente compartiendo sin intereses mezquinos. Como el baterista de una iglesia protestante de mi barrio que nos prestó una herramienta valiosísima a unos amigos de la parroquia sin pedir explicaciones pero con una mirada muy limpia.

 

Aún hay esperanza, ¿verdad? Dios les bendiga a todos.

 
 

PD. ¿Qué tú, herman@ que lees esto, puedes hacer milagros? Desde luego. Para empezar, en tus propias manos también está el milagro de Jonás. Y como no se trata de decirte qué otros milagros puedes hacer, te lo dejo de tarea. Escribe al correo semillajoven@solodios.com y cuenta qué milagros descubriste que puedes hacer. Como pista, te regalo Mateo 25, 31-46. Valiosa gratificación...

Aprovecho para pedir disculpas a todos ustedes, amigos de www.SoloDios.com, si han notado en esta sección una falta de continuidad. Espero de aquí en adelante poder cumplir con el plan que me propuse desde el principio, el de entregarles a ustedes un artículo quincenal. Pero estas cosas no salen solas ni por arte de magia. Por eso, espero que además de leer, sean parte activa de este espacio. Escriban al correo indicado anteriormente y cuéntenme sus opiniones y los temas que quieran que tratemos aquí ¡Espero sus mensajes!.

Por Carlos Andrés Novoa