DIOS Y SOCIEDAD
El aire enrarecido por los tambores de guerra
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Salió de su trabajo justo cuando estaba cayendo el sol sobre la ciudad. El ruido y el cansancio de las personas, siempre iguales, siempre rugientes, le daban a la ciudad vibraciones de afán para descansar. En la panadería de la esquina se fijó casi de casualidad en los titulares del periódico (el ejemplar de siempre, ese que no se vendió hoy): la superpotencia llama al mundo para dirigir los cañones hacia su archienemigo, el archienemigo de la libertad del mundo, un enemigo invisible al principio, pero que ahora es el dictador de una cultura extraña. Unos países se oponen, otros acatan el llamado. Él se encoge de hombros y sube al bus directo a su casa. “Atentado terrorista en un sector exclusivo de la ciudad, treinta muertos (quizás más)”, dice un locutor en la radio, para luego anunciar que Shakira arrasó en México y que pegará duro en Colombia cuando se presente aquí en concierto. Él no le pone mucho cuidado, pero sí alcanza a fijarse que a su alrededor la gente cuchichea: “son unos criminales hijos de..., deberían matarlos a todos... Ellos son el cáncer de nuestra sociedad”. Al parecer, nadie habla de Shakira. Algunos todavía se acuerdan del trasbordador espacial que estalló cuando aterrizaba...
En casa le esperan su esposa y sus hijos: ella, con el primer aviso del vencimiento de la cuota del apartamento en la mano y un gesto de angustia en el rostro; ellos, esperando una caricia, un gesto de cariño y, por qué no, algo de ayuda con la tarea de biología o con la de matemáticas. Él, a pesar del cansancio y de los problemas económicos que no lo abandonan ni en su morada, prefiere aguantar y sacar energías de donde no tiene para responder a su mujer y a sus hijos. Entretanto enciende el televisor en la sala de su casa: los telenoticieros registran las honras fúnebres al Ministro que falleció cuando la avioneta en la que viajaba junto con asesores y otras personas se estrelló contra la cordillera. Los rostros de tristeza de sus familiares, de los integrantes del Gobierno y de la gente que acompaña el sepelio son de pesar, de tristeza, de dolor. Cambia el canal y en otro espacio informativo muestran el balance de otro atentado, pero que esta vez se dio en la provincia: más destrucción, más vidas humanas perdidas.
Son demasiadas malas noticias, piensa él. Todas se están dando con apenas unos cuantos días de diferencia ¿De qué se trata todo esto? Los que ahora llaman “terroristas”, ¿qué persiguen? ¿Por qué hacen lo que hacen? ¿Acaso no son seres humanos? Entre los muertos de los atentados hubo niños, gente trabajadora y humilde; entonces, aquellos responsables de sus muertes son unas bestias sedientas de sangre. Este juicio surge en su mente y es imposible controlarlo. Él cree en Dios, y piensa: ¿por qué permite Dios esto? ¿Por qué permitió lo del Ministro? ¿Qué va a ser de la familia del funcionario? ¿Y las familias de los otros muertos? ¿Acaso Él, con todo su poder, no podría impedir la guerra y el sufrimiento? Y aún más, ¿por qué no hallo paz ni siquiera en mi casa? ¿Para qué trabajar si no es para disfrutar del fruto de mi esfuerzo? ¿Por qué mi cansancio no me deja compartir con mi esposa y con mis hijos las ansias de vivir que siento?
Él tiene dos opciones: o ignora todas estas preguntas (encendiendo el televisor, tomando un whisky, cualquier cosa puede distraer), o las afronta. En la última opción, otras dos: o las examina con calma o se deja ganar por la desesperación existencial. Hay, también, dos mundos: uno lejano, externo, y otro cercano, cotidiano, aquel que él conoce más y mejor.
¿No será la historia de este amigo similar a todo lo que estamos viviendo en los últimos tiempos? Hablo de mi Colombia, que es mucho más que Bogotá y donde todos los días suceden cosas tan espantosas como lo que pasó en El Nogal o en Neiva. Donde todos los días mueren grandes mujeres y hombres, tan llenos de vitalidad como el desaparecido ministro Londoño. Y donde todos los días nosotros, aquellos que decimos que somos más que los violentos, hacemos juicios y condenamos casi por pura formalidad, sin indagar, sin dudar, sin dirigir la mirada a otro espacio que no sea el de la pantalla del televisor: una sola mirada de la realidad, la mía o la que me quieren imponer (o la que quiero creer por mis intereses). Esta es mi Colombia, que no llamo patria ni creo que se reduzca a aquello que llaman Estado. Colombia es mi tierra, es mi gente, gente que con todo, como regalo grande de Papá Dios, tiene derecho a existir, a ser. Y la vida propia, la personal, también se vuelve (¡cómo no!) un espacio para considerar otros puntos de vista.
Ni qué decir de lo que pasa afuera. Ya nadie parece tener miedo, o tienen demasiado como para pensar con cabeza fría en caso de una guerra mundial, que es lo que muchos dicen que vendrá. Sin dar nombres, afuera o adentro, el poder del fuerte aprieta a los débiles, quiere hacer su voluntad a costa de lo que sea. Es el mismo caso que aquí. Es el mismo caso de siempre. Y Dios, ¿Dios dónde queda?
Dios se queda en los que están a nuestro alrededor, en los que se acercan a nosotros a pedirnos ayuda, incluso sin palabras, incluso sin pedirla, pero que gritan desde su interior por una sola palabra de apoyo. Enceguecidos por el poder unos, enceguecidos por la costumbre y la rutina otros, nunca los escuchamos. Dios no hará nada en contra de la libertad del hombre. Lo creó a su imagen y semejanza, libre por encima de todas las cosas. Otra cosa es que hayamos utilizado esa libertad para llegar a donde estamos ¿Y la esperanza? Está viva, es el testimonio de Jesús en su resurrección. Dios no nos abandonará en la medida en que le creamos. Pero... ¡cuánto nos cuesta hacerlo! ¡Cuántas cosas no tendremos que abandonar para poder hacer entre todos el milagro más grande: compartir lo que tenemos con los demás, y así evitar tanto dolor!