DIOS Y SOCIEDAD


¿Andas buscando modelos de sencillez?


 

Carlos Andrés Novoa

¿Discapacidades? No, capacidades excepcionales

 

Aquellos a quienes los “normales” rechazan, son los primeros a los ojos de Dios. La vivencia con un hermano fuera de lo común.

 

Carlos Andrés Novoa

 

Desde hace ya varios meses, mi novia Pilar y yo somos servidores de música de la parroquia de la Anunciación, en el barrio los Alpes de Bogotá (aquí, un saludo especialísimo para el padre Jaime Gutiérrez, su párroco). Cada domingo nos encontramos con los hermanos y acompañamos con una vieja guitarra, algunos instrumentos de percusión y nuestras voces, la liturgia eucarística (¿por qué no más sencillez? En la misa) del mediodía en Cafam de la Floresta ¿Misas en un centro comercial? Trataré este tema en un próximo artículo.

 

De los muchos regalos que hemos recibido del Señor en ese espacio cada domingo, quiero destacar uno. Quienquiera que sea servidor del Jefe desde el arte musical sabe que para seguir adecuadamente la liturgia es necesario estar cerca del altar, fijándose siempre en las maravillas que allí suceden, esto es, Dios hablándonos y Dios dándonos de comer de su carne y de beber de su sangre. Pilar y yo siempre nos ubicamos al lado de la mesita debidamente dispuesta para las veces de altar. Un domingo, no recuerdo hace cuándo, sin pedir permiso formalmente, casi sin hacer ruido ni alborotar, junto a Pilar y a mí apareció un personaje especial. Desde entonces su presencia allí es frecuente: casi siempre vestido con una camiseta, un pantalón de sudadera y llevando en la mano un vasito (luego nos dimos cuenta de que solía tomar algo de beber antes de asistir a la misa), canta en alabanza y se mueve como el que más con la música. Para no ir más lejos, no falta sino decir que nuestro amigo se llama Andrés Felipe y tiene síndrome de Down. Para los indelicados y los que no saben porque nadie les ha dicho, él es mongólico.

 

El 20 de julio (grito de independencia), el 6 y el 7 de agosto de cada año (fundación de Bogotá y batalla de Boyacá, respectivamente), los colombianos recordamos nuestra historia, aunque sea de manera formal y muchas veces siguiendo una tradición parcializada y “heroica”, la historia escrita por la Academia... Pero también las calles se llenan de banderas que aparecen en las ventanas, en los automóviles, incluso en la ropa de la gente. El tricolor colombiano sale una vez más a mostrarse, a recordarnos que seguimos aquí, en esta tierra... ¡Gracias a Dios!

 

Hace poco, en el intervalo de estas celebraciones, Andrés Felipe estaba con nosotros en la misa. El padre Jaime estaba compartiendo con las hermanas y hermanos su homilía, y yo estaba bastante concentrado en su mensaje. En algún momento, cuando el padre hizo referencia al dar con alegría, al llamado que nos hace Dios para darnos mutuamente lo mejor de nosotros mismos, Andrés Felipe me sacó de la concentración. En su medialengua (la verdad, me es difícil entenderle, pero al final me las arreglo para lograrlo a pesar de mi impericia), muy por lo bajito me dijo algunas cosas y me dio una manilla de tres colores... Amarillo, azul y rojo. Me pidió que la usara en mi muñeca, cosa que inmediatamente hice y que desde entonces procuro hacer siempre.

 

¿Y luego qué pasó? Pues tomé de mi camisa un broche con la bandera de Colombia que mi mamá me había regalado y se lo di. Andrés Felipe se puso muy contento, tanto como contento me sentí yo por su regalo. Creo que así fue como entre los dos convertimos en hechos el mensaje que Dios nos regalaba en aquel momento, pero tengo que reconocer que Felipe me dio entonces una gran lección acerca de lo hermosa que es nuestra bandera, del dar, de la humildad y de la amistad. Con un gesto tan sencillo, Felipe me mostró que soy alguien especial para él.

 

Dirás que mi historia es común y tiene tintes dulzones. Pero a lo que quiero llegar, lo que quiero regalarte ahora, es que son siempre los más sencillos los que reciben el mensaje de Dios y lo hacen hechos de vida. Los que muchos ven con lástima o con repulsión son aquellos a quienes Dios ama... ¡preferentemente! Y a ellos les regala su Reino. Ellos son los que dan valor a las cosas esenciales, mientras los demás nos fijamos casi exclusivamente en las cosas “importantes”, como el Baloto, los Protagonistas de Novela (¿farsagonistas? Espere un artículo), las órdenes del Fondo Monetario Internacional y el sabor agridulce de nuestras Selecciones Nacionales de Fútbol. Aquellos a quienes la gente rechaza llamándolos “discapacitados”, “retardados mentales”, “idiotas” y ustedes ya se imaginan qué más, son, en realidad, personas con capacidades excepcionales ¿Recuerdas que ya lo dijo, y con alegría perfecta del Espíritu Santo, el Moreno de Nazareth?: Él dijo “te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que escondiste a los sabios y entendidos. Sí, Padre, porque así lo has querido” (Lucas 10.21). Tú yo, que tenemos supuestamente todos nuestros sentidos y nuestra capacidad vital completa, nosotros los “sabios y entendidos”, no somos capaces de ser sencillos, de liberarnos de prejuicios y cargas, de hacernos como niños. Nuestros hermanos que tienen capacidades excepcionales son, en realidad, privilegiados que pueden ver las cosas como son, con alegría y pureza. Ya lo decía nuestro hermano Martín Valverde: ellos son “embajadores de Dios”.

 

Cualquiera diría que estoy sublimando a estos hermanos, los más pequeños. Pero ¿saben qué? La verdad es que nunca he conocido una persona con síndrome de Down que cobre por una sonrisa ni que ande pensando como hacerle daño a los demás. Bueno, a veces se enojan, pero nunca pecan.

 

Creo que el mensaje está dicho. Sólo me resta por recordar aquí una vez más a nuestro amigo Felipe... ¡Nos veremos en la próxima misa en Cafam! Y a mis amigos del programa para Personas con Capacidades Excepcionales en La Calera (Miguelito, Mayerlina, Jacqueline, la doctora Nubia...). Y la querida tía Vilma, a quien no tuve la oportunidad de conocer, esa niña tierna, dulce y sin tapujos que fue y sigue siendo la embajadora de Dios en nuestra familia.

 

 

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